Tan subjetivamente
perfecto que parece sacado de un manual, tan aparentemente obvio como confuso
por dentro y tan asquerosamente idealista como cualquier cuento para niños.
Soledad…dulce
amargor a malta cuyo sabor mejora por
cada trago. Frecuentemente se la confunde con el no tener pareja cuando la
mayoría de las veces es la que la provoca, lenta y silenciosamente. Porque puedes estar rodeado de tus “colegas”
y sentirla en lo más profundo de tu ser.
Es cómico.
Pasamos la mayoría del tiempo buscando alguien con quien no sentirnos solos y,
cuando lo conseguimos, lo exprimimos hasta el punto de retorno en el cual
daríamos un riñón por 2 minutos de paz.
No todo son
cumplidos hacia ella cuando normalmente actúa como válvula de escape, chaleco
salvavidas, paracaídas e incluso como proceso de maduración. Ella ha sido mi
hermana, mi guía y ha demostrado más lealtad que muchas personas. Por no hablar
de que me ha ayudado a conocerme.
Sentarte y
escuchar música, caminar por calles a altas horas de la madrugada, salir
corriendo a cualquier lugar, darte una buena ducha de agua caliente, ver tu
película preferida… En serio ¿Queréis compartir esos momentos? Entonces, podéis
llamarme egoísta o, si lo preferís, gilipollas.
La única
pega considerable que puedo recibir de ella es que se asemeja a ese vaso de
agua que tomamos después de un café, porque lo bueno al final cansa. Cansa
hasta que te abruma y te derriba. Cansa hasta que te absorbe y no puedes despegarte de ella. Cansa
hasta que desintegra cualquier atisbo optimista. Y, reconozco estar cansado de ser un tacaño de mí.
La soledad
viene provocada por una falta o carencia de algo o alguien lo que viene a decir
intrínsecamente que provoca el deseo de ese algo o alguien. Quizás sea esa la
respuesta que estaba buscando para argumentar mis últimas noches en vela aunque
sigue siéndome difícil de explicar.
Pensar
cuando estas abarrotado es pedirle a una bomba educadamente que estalle cuanto antes. Sin embargo, entre
tanta marabunta salvaje puedo distinguir algo intenso que pasa fugazmente.
Puede que esté cerca de la pieza que falta del puzzle o, que sencillamente, sea un amago para mantenerme ocupado
con esperanzas inexistentes que se desvanecen poco a poco por el peso de la
anterior igual que las fichas de un domino.
El verdadero
antagonista de la soledad es un confidente. Echo de menos la imagen de un
individuo asintiéndome mientras que hace como que escucha minuciosa y
delicadamente todas y cada una de las chorradas que digo para desahogarme,
aderezado de un abrazo eternamente silencioso. Esa es la puta única vez que te
sentirás invulnerable.
Cada vez
que escucho de la boca de cualquier persona “nadie quiere estar solo” me fijo
en su mirada.
¿De verdad
que “nadie quiere estar solo”? Dijo entre carcajadas la soledad.
